Quantcast
hoyendelaware.com Documento sin título
web noticias videos fotos


ìEnvíe este artículo! Versión para imprimir

Este fue el título que en España se dio a una película del año 1965 dirigida por Carol Reed e inspirada en la novela de Irving Stone “The Agony and the Ecstacy”, protagonizada por Charlton Heston y Rex Harrison. La película se centra en la turbulenta relación entre Miguel Ángel (Charlton Heston) y el Papa Julio II (Rex Harrison). La relación entre pintor y mecenas fue conflictiva. De ese duelo de voluntades y de la lucha y sufrimiento interior del artista surgió una obra atemporal de belleza sublime: La Capilla Sixtina. La lucha –“el tormento”- descrita en la película condujo a la generación de la belleza más rotunda y absoluta que provoca el éxtasis de todo aquel que la contempla, así nuestro desarrollo como personas implica de una forma casi continua esas luchas intestinas con nosotros mismos que deben conducir a la obtención de una obra igualmente bella: una vida propia, rica en emociones, sentimientos y estable. En definitiva, se trata de un proceso de maduración personal.

Al igual que en la película que reseño se nos muestra la relación del hombre –Miguel Ángel– y su religiosidad, su amor, su lucha y su dolor creador, la “película” de nuestra vida no está exenta de sufrimiento –endógeno y exógeno–. Sin embargo, del dolor y del sufrimiento hay que extraer únicamente aquello que nos permita crecer, avanzar. El dolor no deja de ser piedra de toque del amor.

La gran mayoría esperamos una “receta mágica” que nos permita obtener grandes resultados “vitales”, pero lo cierto es que no existe tal receta que nos conduzca al éxito, sea cual sea el contenido que para cada uno encierre el término. El comunicólogo Sebastiá Serrano le preguntó a un niño de cinco años qué significaba para él ser feliz. El pequeño contestó que para él era “Hablar, reir y dar besos”. Y, personalmente no creo que mis planteamientos sobre ese “éxito vital” difieran mucho de los de ese niño. Tendemos a creer que nuestra felicidad o infelicidad depende de otros, sin embargo en palabras de Eduardo Punset “la satisfacción personal, el secreto de la felicidad, yace dentro de uno mismo”. Ya que no podemos cambiar lo que nos pasa, pues los hechos externos no dependen de nosotros, lo que sí podemos modificar es la interpretación que hacemos de lo que nos ocurre. En eso consiste madurar, en dejar de creernos víctimas de nuestras circunstancias para empezar a hacernos responsables de lo que experimentamos en nuestro interior.

Al igual que para la realización de una maravillosa obra de arte, el camino de la obtención de esa paz interior subsiguiente a la felicidad, no es fácil. Y aún menos testimoniar nuestra experiencia, tener capacidad de proyectar hacia el exterior ese sentimiento. Muchas han sido las fórmulas propuestas para ayudar en esas luchas intestinas, una de ellas, por ejemplo, la propuso el seglar mallorquín creador de los Cursillos de Cristiandad al que cito por haber fallecido recientemente, Eduardo Bonnín. Bonnín, pretendió fusionar a aquellos reclutados entre los “alejados de Dios y de la Iglesia” y a practicantes, unidos unos y otros por el denominador común de ser considerados como “líderes naturales”. Las únicas premisas exigidas en estos cursos de desarrollo personal, son muy similares a las que la propia vida establece: los cursillistas han de aceptarse a sí mismos como cada uno sea, comprender que se puede ser mejor y hacer el viaje en compañía.

El conocimiento nos hace libres, nos ayuda a salir fortalecidos de nuestras “guerras interiores”. Este conocimiento comienza por nosotros mismos. Pero hay que ser valientes para esa lucha: Nosotros somos nuestros mayores enemigos y, sin embargo, es el conocimiento el que nos lleva a la humildad, a afirmar que realmente “no sabemos nada”.

Quedan territorios por descubrir ¡seamos exploradores!, podemos explorar nuestros límites y los límites de nuestras vidas, pero debemos ayudar a los demás también a hacerlo: Quizás ése fue el quid de la lucha a la que me he referido antes entre el Papa Julio II y Miguel Ángel. El Papa fue el motor impulsor del artista, el que le dio la oportunidad y el motivo para rebelarse, la causa para batirse y, por tanto, a él también se le debe en su justa medida la belleza del resultado final. El método del éxito vital es un secreto: sólo se puede descubrir analizando nuestras propias decisiones. No se puede “enseñar” a tomar mejores decisiones, pero se puede aprender de uno mismo. El “secreto” está pues, en perseguir esos “retos” que definen nuestras vidas, desarrollar nuestra propia impronta personal permite que tomemos decisiones mejores, que confiemos en nosotros mismos, y que, sepamos que, sea cual sea el resultado saldremos fortalecidos. La Cruz de la Victoria, joya del prerrománico asturiano sita en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo fue la cruz enarbolada por Pelayo en la batalla de Covadonga y símbolo de la Reconquista, pero ése puede ser también el símbolo válido para una reconquista mucho más personal: la de retomar nuestra propia vida y nuestro propio destino.

Es ese “entendimiento” el que debemos compartir con otros: nuestro conocimiento y experiencia. Todos tenemos muchas más capacidades de las que utilizamos y sólo cuando uno elige luchar para liberarse de sus “demonios personales” es cuando decidimos que somos lo bastante fuertes como para dominar los problemas, sólo entonces dejaremos de padecerlos. Hay que añadir calidad a cada acto que realicemos, “darle algo” que lo haga diferente, vivir cada día lo mejor que podamos y sepamos; en definitiva, añadir valor a nuestras vidas.

El hombre es un ser trascendente, el camino hacia esa trascendencia, no es fácil, excepto para algunos privilegiados, porque conlleva como primer paso el del propio autodescubrimiento, para a partir del mismo compartirlo con los demás en el grupo surgido de la impotencia de las personas de bastarse por sí mismas y de la necesidad que sienten de que muchas cosas pueden quedar resueltas dentro de una organización. El grupo es un conjunto de componentes (miembros) cuya interacción genera nuevas cualidades que no poseen los miembros integrantes por separado, y, en definitiva, ése es el espíritu del elemento grupal más básico, elemental y maravilloso de nuestra sociedad: la familia. La familia es un cauce de amor.

El milagro vital de la familia surge al igual que en la propia naturaleza, de la interacción, del convencimiento y del deseo de dos personas. Parafraseando al Presidente del Comité de Política Científica Enrique Fernández que dice que “el mundo de las partículas es muy esotérico: dos partículas chocan y salen otras partículas completamente distintas o luz”, así la unión de dos elementos humanos forma la pareja, primer componente de esa red “social” a partir de la que se tejerá el grupo familiar. En el que sus miembros crecerán no sólo en número, sino también en conocimiento, sabiduría y espiritualidad: queriendo a otros, aprendemos a querernos a nosotros mismos. Deseamos ser mejores personas, por y para el otro, pero en ese camino de entrega, nuestro enriquecimiento personal puede ser infinito si logramos dejar a un lado nuestros egoísmos personales. Las personas que renuncian a mantener los criterios en los que creen, renuncian a vivir en libertad, y eso se termina pagando con la infelicidad, la desesperación o la baja estima personal.

¿Cómo se compagina el amor con la madurez personal? ¿Cómo se desarrolla ese proceso creativo y artesano que es la creación de nuestra propia personalidad?.

Es decisivo tener un proyecto personal coherente y que responda a la concepción propia de cada uno. Hay que vivir con los pies en la tierra y el corazón aspirando a cosas altas que nos eleven de tantas circunstancias que tiran de nosotros hacia abajo. No se trata de caminar hacia delante como autómatas sino de dirigirnos hacia “algo”. Debemos saber qué queremos hacer cada uno de nosotros con nuestra vida y poner los medios para alcanzarlo.

Cumplir años no ha de ser causa de crisis puesto que la vida de cada uno es un ensayo y el paso del tiempo la oportunidad de seguir avanzando en él. La persona superficial vive al día sin proyecto propio y dependiendo de estímulos externos, en un “Viaje a ninguna parte”. No es así para aquéllos que poseen una filosofía vital que responde a las grandes preguntas de la existencia. No obstante, no es válida cualquier filosofía sino solamente aquella que se sustenta en unos pilares de coherencia, en unos ideales dignos y con una moral formada que aportan la capacidad de comprometerse con los demás.

Saint Exupery nos proporciona en “El Principito” un buen ejemplo de esas líneas maestras vitales, de lo que es verdaderamente importante y lo que no, poniendo en la boca de un niño los pensamientos de la persona madura. A las premisas anteriores, hay que añadir otras virtudes: sencillez, naturalidad… Al tratar con una persona sin complicaciones, espontánea y con ese “background” del que venimos hablando percibimos, aunque no sepamos los motivos, que estamos relajados y con la “guardia bajada”. Decía Confucio que “las virtudes del hombre superior son como el viento, y las del hombre vulgar como la hierba, cuando el viento pasa por encima, se inclina”. Hay una serie de rasgos psicológicos comunes a la madurez y que dan a sus poseedores una configuración independiente y autónoma: la franqueza, no querer aparentar más de lo que se es y el autocontrol, no dejarse llevar por los impulsos más primarios.

Nos encontramos por tanto, ante una personalidad sana, instalada en el presente, con un pasado “digerido” y que se proyecta en lo que habrá de llegar.

A la lista anterior de valores añadiría el de la responsabilidad (en su sentido etimológico de “responsum”) la correspondencia entre lo dicho y los actos. Esto implica el nexo entre voluntad y libertad. Cuando la voluntad está templada por una lucha constante se ha de esperar lo mejor de la persona y, por supuesto de su obra vital.

No estaría completo este análisis si no hablase de la sexualidad como componente de la personalidad madura. Curiosamente en la sociedad actual se presenta la sexualidad como el paradigma de la libertad y de la madurez y se tiende a separar cuerpo, afectividad y sexualidad; sin embargo sexualidad y amor están estrechamente unidos y entroncan lo mejor del ser humano: físico, psicológico, espiritual y cultural. Si no se tienen en cuenta estos aspectos, se corre el riesgo de caer en la mayor de las tiranías: contactos sexuales superficiales. Por este motivo la sexualidad no debe encontrarse en un primer plano dentro de los rasgos de madurez – excepto en la adolescencia en que manda la fisiología y que debe ser la inteligencia y la voluntad las que calmen los propios impulsos naturales-, es un elemento terciario. Es necesaria una educación sexual basada en la educación de la afectividad. Sé que mi afirmación no es muy popular y ello porque la desesperada búsqueda de una falsa felicidad y la permisividad han convertido las relaciones sexuales en algo trivial y carente de contenido, en la satisfacción de un mero instinto animal y me atrevería a decir que aún observando la naturaleza descubriríamos animales con más categoría en estos ámbitos que muchos humanos. La sexualidad humana está inscrita en la naturaleza y es algo bueno pero mucho más rico que lo simplemente físico y placentero ya que es un intercambio complejo de elementos físicos, psicológicos y espirituales. La comunicación de conocimientos, la promoción de actitudes para el amor y la madurez de los sentimientos hay que realizarla en el marco de la vida afectiva y de la dignidad del hombre.

El amor es el principal motor de la vida. No hay felicidad sin amor y no hay amor sin renuncias. Para estar bien con alguien, hay que estar bien primero con uno mismo y ésto implica estar relativamente contento con la forma de ser que hemos ido produciendo con nuestra conducta.

El amor nos hace libres y esclavos pero, al igual que la maravillosa obra de creación de Miguel Ángel es atemporal como la felicidad. No tiene nada que ver con el sexo de “TODO A CIEN” que se nos vende. Utilizando el título de una famosa comedia española de los ochenta, diríamos “¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?”. El amor nos lleva a la convivencia que se compone de grandes dotes de generosidad, comprensión, capacidad para ceder, empatía y, sobre todo saber perdonar.

No se envejece por cumplir años, se envejece por defraudar nuestros ideales. Mantenernos abiertos a lo grande y bello que nos ofrece la vida, amar, en definitiva, nos mantiene jóvenes. El cínico se hace mayor a fuerza de no creer en nada ni en nadie, el escéptico se refugia en su interior y pone unas notas de incredulidad que culminan en indiferencia por saturación de contradicciones. Algunos justifican la negación de experimentar un cambio profundo en su manera de ser denominándose escépticos, pero en el fondo tan sólo muestran una falta de conocimiento y comprensión de sí mismos. Todos tenemos un potencial que desarrollar que no sólo está relacionado con el descubrimiento y personalización de nuestras virtudes y talentos sino con nuestra propia paz y felicidad interiores.

La comunicación verbal, no verbal y sexual es importantísima en el amor, porque, tal y como señala el psiquiatra Enrique Rojas “la sexualidad es comunicación íntima de persona a persona y no de cuerpo a cuerpo” (como parecen querer vendernos), esto último supone una rebaja y un envilecimiento de la pareja. Sólo quien es libre es capaz de comprometerse. La libertad de cada uno queda comprometida en el amor.

Por tanto, el reto del desarrollo personal es aceptar lo que nos sucede, que es lo que permite la transformación. Reaccionar negativamente ante los hechos adversos es fácil; quejarse, criticar o lamentarse son síntomas de poca autoestima, confianza y falta de seguridad personal que reflejan el grado de amor, cariño y autovaloración que tiene consigo cada uno. Debemos ser dueños de nosotros mismos para no convertirnos en esclavos de los demás.

Obviamente, “aceptar” no implica estar de acuerdo. Tampoco quiere decir resignarse o ser tolerante. Aceptar es comprender que las cosas no siempre suceden como nos gustaría. En vez de pretender que la realidad se adapte a nuestras expectativas, hemos de aprender a vivir dándonos cuenta de que la sabiduría consiste en fluir flexiblemente, adaptándonos y sacando lo positivo de cada situación.

Querido amigo lector, sobre todo en mitad de tu lucha vital no te olvides de perdonarte, de tratarte con cariño, de valorarte, de felicitarte y de ser tu mejor amigo. Sé que desmoraliza sentirse vencido en la primera escaramuza pero ¡ten ánimo! Ya es hora de que rechacemos esa extraña compasión que a veces sentimos de nosotros mismos y has de saber que, de nuestra lucha interior por ser mejores, obtendremos resultados positivos gracias a los cuales podemos experimentar un nuevo paradigma: no cambiamos cuando cambian nuestras circunstancias, sino que nuestras circunstancias cambiarán cuando cambiemos nosotros. Hagamos que del resultado de nuestra lucha, como de la de Miguel Ángel salga una creación única, que mire hacia un Orden Superior, algo bello, aunque a veces sea necesario un “Julio II” en nuestras vidas que nos “atormente”, remueva nuestras ideas, ponga la casa “patas arriba”, quizá porque ya sepa por haberlo descubierto antes que lo mejor está en nosotros, y sólo intente ayudarnos a extraer el potencial del que somos meros depositarios y que nos llevará al verdadero “éxtasis”. Y, puesto que, la Capilla Sixtina no fue, sólo tarea de uno, no juzguemos ni condenemos a aquellos que promueven que fluya la belleza y el amor que todos llevamos dentro. Esta maravillosa obra de arte no existiría sin Miguel Ángel pero tampoco sin su mecenas y agitador de su conciencia , el Papa Julio II.

Noticias por fecha


Mayo 2012
D L M M J V S
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30 31