La mascota del Mundial de Sudáfrica acompaña la crónica de Ruben Rocha del inicio de fin de semana.
Ruben Rocha
El aire se tensa en Sudáfrica, las emociones y la adrenalina que antes corrían a mil, ahora corren a velocidades indescriptibles, los dientes apretados, los puños al aire, los cánticos de amor y de guerra, las lágrimas derramadas por aquellos que bebieron de la copa de la derrota, y todo esto viene arropado en un manto de vuvuzelas, ese sonido característico que los locales siguen compartiendo con el Mundo, pero hay otro manto que cubre con celo de madre al mundo del futbol, y es el manto de la justicia, futbolísticamente hablando.
Recuerdo que hace 35 años solía leer y alimentar mi pasión futbolera, con esas historias de viejas conquistas, viejas glorias alcanzadas por una selección a la que todos siempre daban de punto o por muerta antes de empezar a jugar, eran las vivencias y los logros de los Scarones, Schiaffinos, Anselmos, Ceas, Iriartes, Miguezes, Ghiggias, Maspolis, Varelas, etc, aquellos que ayudaron a estampar con 4 estrellas la casaca celeste de tantas epopeyas deportivas.
Pero un día en algún punto del pasado, las futuras generaciones se olvidaron que todo lo ganado y obtenido había sido alcanzado a través de un mejor desempeño futbolístico y mayor talento, y se dejaron marear por una característica que esos equipos tuvieron, la pasión y actitud ganadora traducido en uruguayo como la 'garra charrúa' , y a partir de ese momento fue el principio del fin del buen fútbol oriental.
En otras palabras, cuando dos excelentes equipos se enfrentan, los dos con técnica exquisita, con jugadores de buen pie, estrategas dentro y fuera de la cancha, cuando todo es tan excelentemente parejo, muy probable que el que va a decidir la suerte es aquel que le pone un poco mas de factor 'h', el factor hombre que producira un plus
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