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El fin de semana pasado, el Cuatro de Julio, Michelle y yo les dimos la bienvenida a la Casa Blanca a algunos de los extraordinarios hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas y sus familias.
Eran como todos los miles de efectivos en servicio activo y veteranos que he conocido en el país entero y el mundo. Gallardos. Fuertes. Decididos. Hombres y mujeres con la valentía de responder al llamado de su país y el temple para ponerse al servicio de Estados Unidos de Norteamérica.
Debido a ese servicio; debido al honor y heroísmo de nuestras tropas en todo el mundo; el pueblo estadounidense está más seguro, nuestra nación está más segura y nos preparamos para concluir nuestra misión de combate en Irak para fines de agosto, concluyendo así una reducción de más de 90,000 soldados desde enero.
Pero todavía seguimos siendo un país en guerra. Durante la mayor parte de esta década, nuestros hombres y mujeres de uniforme han sobrellevado un periodo de servicio tras otro en lugares remotos y peligrosos. Muchos han arriesgado la vida. Muchos han dado la vida. Y como la nación agradecida que somos, para la cual es un honor contar con sus servicios, nunca podremos rendirles suficiente homenaje a estos héroes estadounidenses ni a sus familias.
Así como tenemos la solemne responsabilidad de entrenar y equipar a nuestros soldados antes de asignarlos a situaciones peligrosas, tenemos la solemne responsabilidad de proporcionarles a nuestros veteranos y combatientes heridos que regresan a casa la atención y beneficios a los que se han hecho merecedores.
Ése es nuestro deber sagrado para todos aquéllos en las Fuerzas Armadas, y no concluye con su periodo de servicio.
Para cumplir con esa promesa, estamos forjando una Dirección de Veteranos del siglo XXI, aumentando su presupuesto y asegurando
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